Visita Casa Luis Barragán
El día de ayer visitamos una construcción enigmática en la Ciudad de México, o al menos así suele presentarse en la opinión pública. Basta investigar apenas un poco para encontrarse con esa idea asociada a una casa construida en 1948 por el arquitecto que la habitó y que hoy lleva su nombre: Luis Barragán Morfín. Sin embargo, llevo diez años viviendo en la Ciudad de México y, en todo ese tiempo, no se me había ocurrido visitar una casa de la que sí tenía noción de su existencia.
No puedo culpar a la falta de tiempo ni al desinterés por la arquitectura. A mí lo que me pasa es que creo que podemos entender la arquitectura de una ciudad habitándola: recorriendo sus calles, visitando sus catedrales y museos. Nunca había pensado en explorar casas más allá de aquellas a las que soy invitada por cuestiones del azar.
Lo único que puedo decir es que fue una experiencia que disfruté mucho y que quiero volver a repetir pronto como un nuevo hábito: conocer casas de arquitectos.
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| Biblioteca |
La Casa Luis Barragán es, sin duda, un monumento a la naturaleza, a lo natural. Hago énfasis en esta palabra porque me encuentro leyendo Pensamiento monógamo, terror poliamoroso de Brigitte Vasallo¹, un libro que me está dejando sin palabras y que sin duda necesitamos traer a discusión. En él se cuestiona el uso de la noción de “lo natural”: ¿dónde lo situamos y para qué?, nos pregunta Vasallo, advirtiendo la importancia de contextualizar para no caer en esencialismos ni perpetuar estructuras de poder que controlan la visión del bien y del mal.
La naturalidad a la que aquí hago referencia tiene que ver con un despliegue de la identidad del arquitecto. Barragán era un mago al crear espacios que responden a la armonía. En la casa todo se trata de continuidad: un tránsito que viene desde el exterior, entra sin interrupción y permite salir de ella sin fricción. Es ahí donde se hace presente lo natural.
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| Sala |
Un mago hace trucos con sutileza. En la Casa Luis Barragán los únicos focos visibles están contenidos en lámparas posicionadas en zonas estratégicas, pensadas para que la luz rebote de una pared a otra. Una pared rosa, iluminada por una lámpara, proyecta su color sobre una pared blanca y todo queda anaranjado. Se crea así una atmósfera de calidez: el refugio hogareño que Barragán añoraba en las tardes sin luz. Este truco aparece desde el primer pasillo que se alza en la entrada.
Por otro lado, hay un juego de ingeniosidad que funciona como lenguaje simbólico: la jerarquía de las puertas. El tamaño define la importancia de la estancia. La puerta más grande conduce a la estancia principal, la sala que se une con la biblioteca y el espacio de trabajo; la más pequeña, en cambio, corresponde a un armario. El piso de la sala principal es de madera, mientras que el pasillo que conduce primero a una pequeña estancia/oficina y después a la biblioteca/taller está cubierto de alfombra.
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| Escaleras del vestidor que dan a la terraza |
Durante el recorrido se habló de espacios públicos y espacios privados. En mis reflexiones caí en cuenta de que esta distinción resulta novedosa para mí, que vivo en departamentos donde la privacidad es compartida: tanto la del vecino del piso de arriba como la que se negocia al interior del hogar cuando se vive con roomies.
Pienso que la novedad también se encuentra en el desuso o en el cambio de las costumbres. Eso se hizo evidente cuando subimos por el pasillo de la entrada que conduce al segundo piso. Tras dos giros a la izquierda se encuentra la habitación para huéspedes, que no parecía una recámara como tal. Tenía sillones y un tocadiscos, aunque casi cada estancia cuenta con uno, ya que Barragán era aficionado a la música. Ahí nos dijeron que dormía la mujer que por muchos años fue su prometida, Adriana Williams.
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| Comedor |
Pensé en la cercanía que debieron tener y en cómo, aun así, no durmieron juntos, siguiendo las costumbres de la época, donde la privacidad estaba estrechamente ligada a la moralidad del individuo. Me dio risa pensar en cuántas amigas han dormido en mi habitación. Incluso he hospedado a amigas de mis roomies sin conocerlas y nunca pensé que mi privacidad estuviera en riesgo. Tener un cuarto propio es un lujo que aprendí a dimensionar creciendo entre tantas hermanas.
Pasemos entonces a su cuarto. Un lugar sencillo: cama y armario. Al lado, una pequeña estancia con sofá, tocadiscos y baño. Aquí, de la arquitectura, lo que más cautiva es el ventanal que da al patio del vecino. Al principio ocupaba toda la pared; después se remodeló colocando un muro bajo que ajusta la simetría. La idea de un arquitecto que adapta la casa a sus nuevas necesidades me encanta. Es como ser escritor y vivir con esa sensación, que todos los escritores conocen, de que la obra nunca termina y algún día se retoma para seguir confeccionando.
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| Terraza |
Esto no ocurrió solo en su habitación. En la terraza, pasando un pequeño espacio que no da sensación de cuarto gracias a que se cierra orgánicamente con un clóset anexado y una puerta de madera baja, lo suficientemente baja para no cubrir las paredes altas de concreto, se encuentra su cambiador. Es un lugar especial donde guardaba su ropa de montar. Ese espacio parece surgir casi por accidente, como cuando en un pasillo se agrega una puerta y, sin querer, se forma una estancia.
Después, en la esquina izquierda, aparecen las escaleras que conducen a la terraza. Es bellísima la franja de luz que se forma ahí: una señal de lo que espera arriba.
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| Escaleras en la biblioteca que conectan al tapanco que le servía de retiro para rezar |
Antes de hablar de la terraza, vale la pena detenerse en las escaleras. Son siempre angostas. Su función está lejos de la comodidad; subirlas y bajarlas resulta difícil. Parecen responder más bien a una lógica ambigua. Esa ambigüedad atraviesa toda la casa, con espacios que confunden su función y contrastan con elementos muy específicos, como la jerarquía de las puertas o el posicionamiento de la luminaria.
Hay que mencionar también el patio gigante que posee la casa. Nos dijeron que son 500 m² dedicados únicamente a plantas y árboles. Para llegar a él existe un pasillo, también angosto y curvo, que genera una sensación de infinitud. En el recorrido no nos llevaron hasta ahí. Sin embargo, para llegar al estudio de Barragán —quizá una de las zonas más esperadas— hay que salir del comedor al patio. Desde ahí se vislumbra la sala principal a través de un ventanal gigante. La vista es doble: del interior al exterior y del exterior al interior. Ambas son imperdibles.
Girando a la derecha se encuentra el patio de las ollas. A la izquierda, ollas de cerámica acomodadas en un espacio cuadrangular; a la derecha, una fuente rectangular que, según nos dijeron, se desborda para formar un espejo de agua. Este espacio me recordó de inmediato al Museo del Eco, quizá de manera obvia. En la casa hay réplicas de obras de Mathias Goeritz por todos lados.
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| Estanque y patio de las ollas |
También aparecen obras de Chucho Reyes, un artista que me fascina y cuya amistad con Barragán desconocía, aunque sí sabía que ambos eran paisanos. Conocí su obra apenas en 2024, en la exposición del Museo Cabañas. Me cautivó profundamente y me emocionó reencontrarla en este recorrido. En ambos casos fue una coincidencia, pero planeo perpetuar su obra en mi memoria como una fuente constante de inspiración.
No podemos dejar de hablar del estudio. Imaginaba algo parecido a una iglesia o a una sala de espera. En el pequeño taller hay una atmósfera más acogedora, pero en esta zona de la casa se percibe algo más íntimo y solemne. El espacio es amplio y cuenta con un ventanal lateral que lo ilumina por completo. De un lado hay un sillón; del otro, sillas acomodadas en dirección a un podio, como si se tratara de una catedral. Es, para mí, la culminación de la fascinación de Barragán por lo sacro.
Nuestra guía turística fue muy amable y poseía un amplio acervo de conocimientos en arte y arquitectura, que compartía constantemente para acercarnos a los intereses detrás de cada habitación. La entrada es cara, pero vale la pena. La experiencia lo justifica.
Diría que la visita fue espectacular. Lo único que no puedo dejar de mencionar es que no tuvimos acceso a la cocina porque está en uso por los empleados. Me parece una decisión considerada para ellos, pero desconsiderada para los visitantes. Creo que podría existir un equilibrio entre ambas cosas, porque me hubiera encantado conocerla.
Mi última recomendación es visitarla con tu persona favorita. Compartir el recorrido y contrastar puntos de vista hizo la experiencia aún mejor.
Para terminar, quiero decir que en la Casa Barragán encontré un nuevo sentido de la naturalidad. Se trata de una armonía construida, no espontánea. Nada en la casa es “natural” en el sentido ingenuo de lo dado; al contrario, todo está cuidadosamente pensado para desaparecer como artificio.
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Texto por: Anaelena Olivares Solís


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