Repensar la Fortaleza
Hoy en día, escuchamos con frecuencia frases como “sé fuerte” o “eres una persona fuerte”, como si esa característica fuera un ideal al que todas las personas deberían aspirar. Sin embargo, me parece que este adjetivo ha sido, hasta cierto punto, romantizado. Me he detenido a reflexionar sobre qué significa realmente ser fuerte y noto que comúnmente se asocia con alguien que no muestra vulnerabilidad, que parece inmutable ante las adversidades.
Se considera una virtud ligada a la inteligencia emocional, pero aquí es donde surgen dos aspectos importantes. Primero, la inteligencia emocional no trata de “controlar” las emociones —como muchas veces se cree—, ya que el control implica represión. Tener inteligencia emocional es, en realidad, saber gestionar lo que sentimos. No se trata de no sentir, sino de conocer nuestras emociones, escucharlas, dialogar con ellas y actuar sin que nos dominen. Gestionar no es reprimir. Es comprender.
Volviendo al concepto de fortaleza, noto que ocurre algo similar a lo que sucede con palabras como “autorrealización”. Se repiten sin profundizar en su verdadero significado. Como seres humanos, aprendemos por observación e imitación, y eso ha llevado a que “ser fuerte” se entienda como “aguantar más”. Pero, ¿aguantar más no es, acaso, una forma de normalizar el dolor?
Parte de ser humano y de tener inteligencia emocional no es soportar el sufrimiento sin decir palabra, sino saber gestionarlo, darle espacio, entenderlo y buscar ayuda cuando se necesita. La fortaleza se ha idealizado al punto de convertirse en sinónimo de resistencia pasiva, cuando en realidad, muchas veces, solo indica una alta tolerancia al dolor. Y sabemos que, incluso en el cuerpo, no sentir dolor es una señal de alerta: puede indicar que algo no está bien. Así, muchas de las personas que consideramos fuertes, tarde o temprano colapsan, porque han sostenido más de lo que era saludable soportar.
No se trata de promover una compasión mal entendida ni de justificar una fragilidad artificial. Entiendo que hoy se suele hablar de la “generación de cristal”, y se critica que “ya no se aguanta como antes”. Pero el ser humano es mucho más complejo. No somos solo voluntad; somos historia, biología, geografía y cultura. La tecnología, los cambios sociales acelerados y la globalización han creado contextos nuevos para los que nuestros cuerpos y mentes aún no están del todo preparados. La evolución es un proceso lento, y nosotros seguimos siendo organismos que necesitan tiempo para adaptarse. Un ejemplo simple: hace unas décadas, pocas veces se hablaba de la intolerancia a la lactosa. No es que hoy las personas “quieran” ser intolerantes; es una respuesta biológica a los cambios en la alimentación y el entorno. De igual forma, lo que algunos ven como debilidad emocional, tal vez sea una forma distinta —y necesaria— de adaptación frente a un mundo que cambia a una velocidad sin precedentes.
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Texto por: Mariana Dávila Gorbea
Ilustraciones por: Mikke









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